Discurso de Marcos Aguinis ante el AJC
4 de mayo de 2005
La presencia de personas judías en América Latina se remonta a la gesta del Descubrimiento. Los hechos y las interpretaciones sostienen que muchos de los españoles que por primera vez llegaron a este continente en el año 1492 eran judíos. Luego, durante la etapa de colonización y fundación de ciudades, muchos judíos conversos desempeñaron roles importantes. Posteriormente, en los tres siglos del período colonial, hubo gran cantidad de “marranos”, judíos convertidos por la fuerza, en territorios gobernados por las coronas portuguesa y española. La Inquisición creó poderosos tribunales en México, Lima y Cartagena.
Los judíos secretos vivían como islas autónomas, con pocas posibilidades de crear relaciones duraderas entre sí. A pesar de ello, en cuanto se presentaba la oportunidad, no podían dejar de comunicarse, aun a costa de grandes riesgos, como describo en mi novela histórica “La gesta del marrano”. La existencia de una red de judíos, aunque débil, dio lugar a impresionantes Autos de Fe en los cuales se declaraba en público su sentencia, muchos de ellos fueron quemados vivos.
La Inquisición no sólo es responsable por la persecución, tortura y manipulación de los juicios, sino también por socavar los pensamientos y la creatividad de este vasto territorio. Esta apreciación tiene repercusiones incluso en la actualidad. Por esta razón, la independencia de América Latina respetó en parte los principios del Iluminismo. Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar, señaló que “creamos repúblicas sin republicanos”. La libertad religiosa comenzó su difusión muchas décadas más tarde, con evidente resistencia. El entorno autoritario y discriminatorio de la época colonial, durante la que prevalecieron el absolutismo real y la intolerancia religiosa, había calado profundo en el alma latinoamericana.
Sólo en algunos países como Argentina hubo inmigración masiva. Pero tardíamente, ya que se inició a fines del sigo XIX. Los líderes más progresistas adoptaron la declaración “gobernar es colonizar”. Había enormes espacios vacíos para los que hacía falta mano de obra. Inicialmente se recibía a las columnas de inmigrantes con cordial generosidad, pero en algunos lugares se produjeron altercados entre los recién llegados y las poblaciones establecidas. Un ejemplo de ello fue la “Semana Trágica” que manchó a Buenos Aires de sangre en 1919; fue el primer pogrom de este continente.
Muchas comunidades judías datan el inicio de su vida organizada a fines del siglo XIX. Otras comunidades judías nacieron posteriormente, después de la Primera o Segunda Guerra Mundial.
Actualmente se calcula que los judíos de América Latina ascienden a más de medio millón de personas. Esta cifra excluye la porción considerable que partió hacia Israel, EE.UU., u otros países. En otras palabras, el número de personas judías latinoamericanas, con rasgos culturales adquiridos durante su vida en el subcontinente, es aún mayor.
Si bien constituyen un segmento limitado de la sociedad general, estas comunidades han repetido el fenómeno que se había producido en otros sitios: desempeñan un rol sobresaliente en todos los aspectos de la vida, una desproporción respecto de la dimensión geográfica real. Por tal motivo, los cálculos inexactos generalmente multiplican su número por diez o veinte. Esta cifra fantástica es una manera sofisticada e irresponsable de explicar su fuerte gravitación.
Las generaciones siguientes comenzaron su viaje vital esperando incorporarse a un nuevo país a partir de las raíces que trajeron en sus memorias, tradiciones y costumbres. No sólo fue el mejor camino al éxito personal, sino también a establecerse firmemente en un nuevo país. También fue necesario recurrir a la Jutzpá, como ocurrió en Estados Unidos. Los judíos hicieron esfuerzos denodados y valientes por obtener la ciudadanía legítima, legal y culturalmente, sin renunciar a la herencia milenaria. La renuncia a la herencia milenaria y a la identidad judía comenzó a evidenciarse significativamente en la segunda mitad del siglo XX.
Los países latinoamericanos, quizás como resultado de la uniformidad exigida por el absolutismo real y la Inquisición, tienen sociedades plurales que no comprenden ni aprecian el pluralismo como una riqueza sino más bien como un peligro, como fisuras que amenazan la unidad nacional. Las personas viven en él de manera conflictiva, siendo un tema que demandará cierto tiempo hasta alcanzar un consenso mayor.
El aporte judío al crecimiento material y espiritual del continente es realmente sustantivo si bien aún no ha sido objeto del reconocimiento que merece. Existe suficiente material para sorprendernos. Deberíamos construir el Museo del Patrimonio Judío en América Latina. Nos sorprendería la cantidad de aportes realizados en todos los campos imaginables: economía, política, medicina, precedentes judiciales, bellas artes, arquitectura, filosofía, literatura, música, filantropía, lengua, costumbres. A fin de proporcionar un ejemplo marginal, señalo que aún el tango debe ser parte de su letra, música e interpretaciones memorables a artistas judíos.
En cuanto a las comunidades organizadas, debían prestar atención a sus necesidades internas y a las relaciones con la sociedad general. Ambos aspectos estaban plagados de dificultades y obstáculos. Sus viajes son un baúl de materiales que arrancan lágrimas y sonrisas.
La intersección con los difíciles conflictos que cruzan el continente revela que las comunidades no son burbujas impermeables. Toda comunidad es sensible a las características prevalentes de la sociedad general que la rodea. La expansión o interacción son inevitables. Esta aseveración se aplica a todos los capítulos de la historia judía en Asia y Europa. Como sabemos, el intercambio de influencias y características es enriquecedor en el largo plazo, aún cuando esté salpicado por prejuicios y amenazas.
El antisemitismo comenzó antes de que se formaran las comunidades. El sistemático sermón del deicidio fijó una imagen tremenda del pueblo judío que no pudo desaparecer por completo. Es por eso que al comienzo, incluso las personas judías trataban de evitar la palabra “judío”, que estaba asociada a lo peor del género humano. La mayoría de las instituciones en sus expresiones públicas usaban versiones menos ofensivas como “israelita” o “hebreo”. El antisemitismo se tornó virulento durante ciertas dictaduras. Pero como no todas las dictaduras eran antisemitas, no todas las democracias garantizaban firmemente dichos derechos.
Con su medio millón de personas, los judíos latinoamericanos cuentan con un importante recurso y enfrentan un reto. Pueden, quieren, y deben desempeñar un rol significativo en las difíciles circunstancias actuales. Son una estación generadora que aún no ha alcanzado su máxima potencia. Se trata de una tarea que nos convoca y que no podemos rechazar. |