El documento que reescribió las relaciones entre católicos y judíos.
Por David Rosen.
18 de marzo de 2005.
Hace cuarenta años la iglesia católica revolucionó la actitud del mundo cristiano hacia los judíos y el judaísmo con la declaración conocida como Nostra Aetate, un documento que produjo el Concilio Ecuménico Vaticano II.
Con anterioridad a la aprobación de dicho documento, la percepción corriente en el mundo cristiano a lo largo de los siglos había sido que los judíos habían sido rechazados por Dios no sólo por no haber reconocido a Jesús de Nazaret como el auténtico Mesías, sino también por haber sido cómplices en su ejecución. Como consecuencia de ello, se destruyó el Templo del pueblo judío situado en Jerusalén, y los judíos fueron desterrados y condenados a vagar por el mundo como un pueblo despreciado y rechazado.
Los judíos eran el antiguo Israel, según se enseñaba, y habían sido reemplazados por la Iglesia. Esta actitud llevó a la demonización de los judíos y abonó el terreno para la violencia contra ellos, que culminó en el Holocausto. Esto no implica que el Holocausto haya sido una iniciativa cristiana—por el contrario, la ideología nazi era un ataque a la cristiandad. No obstante, si la Europa cristiana no hubiera sido adoctrinada durante siglos con esta enseñanza de desprecio hacia los judíos, es muy improbable que el programa nazi de exterminio de los judíos hubiera alcanzado tal grado de éxito.
La visión del judío como un ser que había merecido el castigo divino del exilio permanente explica por qué originalmente existía tanta hostilidad dentro de la iglesia católica hacia la mera idea de la creación del Estado de Israel.
Nostra Aetate repudió la base misma de la enseñanza del desprecio.
Declaró que cualquier intento por representar a los judíos como rechazados o anatematizados por Dios era erróneo, y censuró la idea de culpar a los judíos por la muerte de Jesús. Afirmó con las palabras de Pablo que la alianza divina con el pueblo judío no se había roto y es eterna. Condenó el antisemitismo y afirmó que “el patrimonio espiritual común a los católicos y judíos” debería resultar en “mutua comprensión y respeto”.
Mucho se ha escrito sobre los procesos complejos e intereses contradictorios que el documento debió superar antes de ver la luz del día. Cabe señalar que desde los más altos niveles jerárquicos del Vaticano se estimuló a la comunidad judía a participar en el proceso. El American Jewish Committee tuvo el privilegio de desempeñar un rol trascendental en tal sentido a través de su departamento de asuntos interreligiosos, bajo la dirección del Rabino Marc Tannenbaum, y realizando las gestiones necesarias para los encuentros clave entre el fallecido Rabino Abraham Joshua Heschel y el Cardenal Bea, el funcionario del Vaticano responsable de la aprobación del documento por el Concilio Vaticano II.
Nostra Aetate introdujo una genuina revolución en el trabajo de los estudiosos y teólogos católicos. Ya no se podrían justificar actitudes negativas hacia los judíos o el judaísmo y mucho menos aún cualquier forma de antisemitismo.
Más aún, solo se pueden comprender acabadamente las implicancias de Nostra Aetate a la luz de documentos ulteriores del Vaticano y declaraciones papales. Por ejemplo, el Papa Juan Pablo II ha aclarado categóricamente que la idea de que la Iglesia ha reemplazado al pueblo judío no es válida, dando pie a implicancias profundas en relación con el proselitismo
De hecho, el Papa Juan Pablo II dio gran impulso al mensaje de Nostra Aetate, no sólo en sus escritos y declaraciones personales, sino también llevando a la práctica su mensaje, familiarizando a la gente con el profundo cambio en las actitudes de los católicos hacia los judíos y el judaísmo. Sus visitas de 1968 a la sinagoga de Roma, y a Israel en 2000, una vez establecidas relaciones diplomáticas plenas entre la Santa Sede e Israel, fueron el testimonio más poderoso de la transformación radical de las enseñanzas católicas con miras al restablecimiento de la soberanía del pueblo judío en su patria ancestral.
Su visita al museo Yad Vashem de Historia del Holocausto en Jerusalén permitió a los judíos, y a otros menos familiarizados con su historia personal y sus actividades, conocer su notable aporte a la reconciliación de católicos y judíos. De manera similar, su visita al Muro Occidental, parte de los restos del antiguo Templo judío destruido por los romanos, tuvo un profundo impacto en las comunidades judías del mundo. Como resultado de ello, creció el número de personas informadas sobre su frecuente condena al antisemitismo como “un pecado contra Dios y el hombre”.
Sin lugar a dudas, bajo el liderazgo del Papa Juan Pablo II, la Iglesia Católica ha hecho una autocrítica sustancial respecto de su rol en cuanto a facilitar la hostilidad hacia los judíos, si bien persisten diferencias no resueltas sobre la actuación del Vaticano y su liderazgo durante la Segunda Guerra Mundial y período cercano.
Posiblemente no exista en la historia de la humanidad una transformación comparable. Un pueblo en particular, otrora visto como rechazado y condenado, es visto ahora según las palabras del Papa como “el querido hermano mayor de la Iglesia”.
Aún cuando el efecto de esta transformación no haya llegado todavía a la generalidad de la gente en todo el mundo, sus ramificaciones son incalculables y hay mucho por agradecer en este aniversario.
El Rabino David Rosen, ex Gran Rabino de Irlanda, es director del departamento de Asuntos interreligiosos del American Jewish Committee y del Robert and Harriet Heilbrunn Institute for International Interreligious Understanding del AJC.
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