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AJC Interactions: A Monthly Summary of Latino & Jewish News & Issues


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Israel y la conversión: Oy vey, empezamos otra vez!

La Knesset, el parlamento israelí, está nuevamente inmerso en problemas de conversión, gracias a un proyecto de ley presentado por David Rotem del Partido Yisrael Beitenu. Si tomamos como ejemplo la historia, el daño podría ser profundo.

Sí, hay un problema en Israel. A muchas de las personas llegadas de la ex Unión Soviética no se las reconoce como judíos y quieren serlo. Es importante hallar una solución. Pero en este caso, la cura propuesta –otorgar mayores facultades al Gran Rabinato- podría ser peor que la enfermedad.

Soy un pluralista judío. Reconozco que todos estamos en el mismo viaje, aún cuando sigamos caminos distintos.

Habiendo dedicado mi carrera a la defensa del pueblo judío, no establezco diferencias entre los judíos. En mi libro, todos los judíos tienen el derecho inalienable a vivir en libertad, igualdad y seguridad.

Hace dieciséis años –18 de julio de 1994- 85 personas murieron en un atentado terrorista al edificio de AMIA en Buenos Aires. Centenares más resultaron heridas. Los autores estaban decididos a matar judíos. No importaba si los judíos eran ortodoxos o no ortodoxos, sionistas o no sionistas, judíos por nacimiento o por elección. Lo único que importaba, para los terroristas, era que las víctimas se identificaban como judías y AMIA era una institución judía –que de paso prestaba servicios a toda la comunidad judía sin distinción.

Y en mis estudios del Holocausto, no recuerdo ninguna referencia a furgones de carga, ghettos o barracas diferentes para los judíos según, digamos, su grado de judaísmo. Los Nazis tenían las leyes de Nuremberg que definían quién era judío. Y punto. El resultado ya lo conocemos.

En otras palabras, somos una comunidad con un destino compartido, así como somos una comunidad con un pasado compartido.

Y sin embargo están aquellos que deliberadamente querrían dividirnos, otorgando un monopolio de poder a una de las partes interesadas, creando jerarquías de “socios del club”, y cuestionando incesantemente la legitimidad de otros potenciales judíos.

Quienes se oponen a dichos esfuerzos deben hablar sin ambages. Es mucho lo que hay en juego –en realidad no podría haber más. Como escribí en ocasiones anteriores, la pregunta que enfrentamos es si habremos de ser un pueblo receptivo o enclaustrado.

En 1978, mi novia Giulietta y yo decidimos casarnos. Vivíamos en Viena y trabajábamos con refugiados judíos soviéticos que llegaban a Occidente camino a nuevas vidas. El trabajo era apasionante, y al mismo tiempo peligroso. Desde el secuestro en 1973 de un tren que llevaba judíos soviéticos a través de Checoslovaquia a Viena, por parte de terroristas árabes, seguido por varias cartas bomba, todos estábamos alerta. Los guardias armados eran una presencia permanente en nuestras vidas. Queríamos una boda simple, y fuimos a ver al rabino local, que era ortodoxo. No teníamos inconveniente con que lo fuera. Mi futura esposa provenía de una familia ortodoxa, y nuestro trabajo, con judíos con todo tipo de antepasados, sólo resaltaba nuestro sentido de la “unicidad” del pueblo judío.

Pero no habría de ser así. El rabino no podría haber sido menos cortés ni más desconfiado. Allí estábamos nosotros, poniendo en juego nuestras vidas por el pueblo judío, y él nos hacía interminables preguntas sobre nuestra identidad, insistiendo luego en pedirnos el equivalente a un kilómetro de documentos. Nos desconcertó. Pensamos que el rabino estaría encantado de oficiar una boda judía en Viena, apenas 30 años después de la Shoá. Seguramente no había habido tantas.

Finalmente abandonamos la idea de casarnos allí.

Luego le pregunté a mi madre cómo casarnos en Nueva York. Su respuesta: “Mi boda fue en 1946. Tendré que averiguar cómo se hace hoy”.

No sólo terminamos casándonos en Nueva York, sino que el rabino oficiante resultó ser una cálida y receptiva Sally Priesand, la primer mujer ordenada rabina por el movimiento reformista.

Fuimos afortunados. Tuvimos opciones. Al final, lo que importó más fue que nos casamos bajo una Jupá, el palio nupcial judío.

Pero en Israel la historia puede ser diferente.

Precisamente el control de los ritos religiosos, desde el nacimiento hasta la muerte, es muy problemático.

Esto hace que la conversión al judaísmo sea un proceso de pesadilla para muchos que desean incorporarse al pueblo judío en Israel, aun cuando el pueblo judío denuncia la perspectiva de la disminución del número de judíos, y las amenazas al bienestar de los judíos no hacen más que aumentar.

Las dificultades para la conversión también contribuyen a que haya una fuerte división entre lo religioso y lo secular en Israel. Muchos judíos adoptan una posición no religiosa, incluso anti religiosa porque consideran sus opciones muy limitadas, comparadas por ejemplo con Estados Unidos.

¿Cuántas personas, habiendo considerado su traslado a Israel, deciden finalmente no hacerlo porque temen no encontrar allí la expresión adecuada de su práctica no ortodoxa, o si se convirtieran al judaísmo, se deberían preocupar por cuestionamientos legales o religiosos a su identidad? 

El excesivo y profundo entrecruzamiento de religión y política en Israel ha sido negativo para la política y peor aún para la religión. Cuando la religión se encuentra a diario en los partidos políticos, las negociaciones, y las batallas presupuestarias, se distorsiona y abre claramente las puertas al clientelismo, y con frecuencia, la corrupción.

Todo intento de la Knesset de dar más poder a un monopolio religioso que define la vida judía, provoca una tormenta de reacción predecible y comprensible por parte de la Diáspora –especialmente Estados Unidos, donde aproximadamente 90% de los judíos son no-ortodoxos.

Para quienes pretenden mantener al pueblo judío integrado y a la dupla Israel-Diáspora intacta para las generaciones futuras, dichas medidas son absolutamente peligrosas, con implicancias potencialmente profundas.

Menos mal que hay líderes israelíes que lo comprenden, desde el Primer Ministro Benjamin Netanyahu al Presidente de la Agencia Judía Natan Sharansky, desde la parlamentaria del Partido Avodá Einat Wilf a Nachman Shai de Kadima.

Están decididos a detener este último esfuerzo por dividir al pueblo judío. Démosles más poder!