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AJC Interactions: A Monthly Summary of Latino & Jewish News & Issues


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Informe sobre la Conferencia Saudita Internacional para el Diálogo Interreligioso de Madrid
 

Cuando aproximadamente tres meses atrás el Rey Abdullah de Arabia Saudita anunció su intención de abordar a los líderes de las principales religiones del mundo y convocarlos a un diálogo interreligioso para trabajar juntos en dar respuesta a los principales desafíos globales, la propuesta indudablemente generó gran escepticismo. Arabia Saudita es el centro del Islam y supuestamente el más conservador de los países musulmanes. No se permite la libertad de culto a otras religiones en Arabia Saudita, donde la rama dominante del Islam es el Wahhabismo (o, más precisamente, Salafismo), que tiene un enfoque mucho más cerrado que otras formas de islamismo.

Sin embargo, parecía haber ciertas razones obvias por las que el rey quería tomar tal iniciativa, Además de la necesidad de mejorar la imagen del Islam en Occidente, y la de su país en particular, están en juego factores estratégicos regionales. La inestabilidad causada por el conflicto en curso en Irak; el mayor poder e influencia de Irán; los peligros que significa para el Islam sunita y los intereses sauditas la “media luna chiíta” –todos ellos contribuyen a la sensación de Arabia Saudita de que debe afirmar lo que considera su rol de liderazgo en el mundo musulmán.

Para llevar adelante esta iniciativa, el Rey Abdullah reclutó a la Liga Mundial Musulmana (LMM). Si bien el rey reclama el título de guardián de los dos santuarios más sagrados del Islam, en realidad su posición no es la de una autoridad religiosa. Si bien el LMM es un brazo del régimen saudita, cuenta no obstante con prestigio religioso en Arabia Saudita y en el mundo musulmán como para proporcionar el “aval” que el rey necesitaba para su iniciativa.

De forma típicamente cauta, Abdullah convocó primero una conferencia pan-islámica para analizar este emprendimiento, y si bien hubo críticas, recibió apoyo generalizado. Sin embargo, hubo quienes no asistieron a la conferencia y expresaron una enérgica oposición a la idea de un diálogo interreligioso, y especialmente a invitar a miembros de otras religiones a Arabia Saudita.

Probablemente por esta razón, o al menos para proseguir de la manera tácticamente más segura, se tomó la decisión de realizar la reunión multirreligiosa en España, señalando al mismo tiempo que se trata de la primera de este tipo de conferencias, e insinuando que las próximas reuniones se llevarían a cabo en Arabia Saudita.
 
Existían más argumentos importantes contra el apoyo a esta iniciativa saudita. ¿Por qué participar en la promoción de las relaciones públicas de un régimen que dista de ser un ejemplo de tolerancia religiosa? ¿Por qué cooperar con la LMM, que promueve una corriente del islamismo que de ninguna manera es beneficiosa para los intereses de integración musulmana a la democracia occidental y el pluralismo? Más aún, varios de los nombres que aparecieron en una lista inicial de invitados resultaban problemáticos, e incluso el secretario general de la LMM estuvo involucrado en el apoyo a organizaciones que habían servido a elementos viles que trabajan en el exterior.

El argumento en contra era que el rechazo judío a esta invitación no sería de hecho positivo para los intereses de los judíos, de Israel, y del Mundo Libre –todo lo contrario. Era una oportunidad para comenzar a derribar barreras de hostilidad e intolerancia, y quizás este paso (aún por razones de auto-interés) sería el comienzo de una apertura en el mundo musulmán a una mayor comprensión e incluso cooperación con otros. El beneplácito con el que el AJC recibió esta iniciativa fue también la postura que adoptó el liderazgo político y diplomático de Israel.

No obstante ello, se tornó claro que para la LMM se trataba de un terreno inexplorado. Los preparativos, lista de invitados, invitaciones, e incluso el programa dejaban traslucir la falta de familiaridad con el tema interreligioso en general y con comunidades religiosas específicas en particular.
 
La invitación que recibí como uno de los pocos invitados judíos iniciales fue enviada deliberadamente al Edificio Jacob Blaustein del AJC en Nueva York. En realidad, si bien la lista de invitados a la conferencia que aparecía en el sitio Web incluía muchos nombres que nunca recibieron invitaciones, y otros que la habían declinado inmediatamente, resultaba claro que los anfitriones habían decidido evitar deliberadamente invitar a representantes oficiales israelíes o palestinos.

Sin embargo, el hecho de que soy israelí recibió amplia cobertura en los medios. Más aún, hice hincapié en que sin una representación religiosa oficial israelí, no se podría considerar un diálogo verdadero con los judíos. Posteriormente se informó que esto había irritado enormemente a los organizadores.

Se enviaron luego otras invitaciones, y el programa de la conferencia apareció en el sitio Web. En la conferencia de Madrid, un periodista saudita me dijo que yo figuraba en el programa original como ponente preliminar, pero que había sido eliminado como resultado de esta publicidad.

Más perturbador resultó el hecho que cuando el programa tentativo (posteriormente modificado varias veces) apareció en el sitio Web de la conferencia, el nombre de Yisroel Dovid Weiss de Neturei Karta aparecía en el plenario inaugural! Si Weiss hubiera permanecido en ese rol representativo, nos hubiéramos retirado de la conferencia en protesta —y esta fue en gran medida la postura que también recomendó el Ministerio de Relaciones Exteriores de Israel. Sin embargo, junto con otras personalidades judías que habían aceptado la invitación para asistir, lanzamos una campaña efectiva incorporando a varios contactos religiosos y políticos de EE.UU. y de todo el mundo, como resultado de lo cual retiraron a Weiss del programa y ni siquiera asistió.

El anfitrión de la sesión inaugural del 16 de marzo fue el Rey Juan Carlos, y la misma tuvo lugar en el Palacio Real español El Prado. Asistió una cantidad impresionante de príncipes árabes (incluyendo a la mayor parte del gobierno saudita) y clérigos musulmanes, junto con representantes de las más importantes religiones del mundo –entre ellos el Cardenal Jean-Louis Tauran, el prelado del Vaticano a cargo de las relaciones con otros credos.

El Rey Abdullah dio la bienvenida a los asistentes, y en su discurso inaugural resaltó su certeza de que la religión auténtica se expresa en un espíritu de moderación y tolerancia y requiere que la concordia reemplace al conflicto. Instó a la cooperación y colaboración entre las diferentes religiones con miras a alcanzar dicho objetivo, y dar respuesta a los desafíos globales que plantea nuestra era.

Al final del acto inaugural, saludó individualmente a los invitados. Cuando llegó mi turno, me presenté diciéndole en (mi limitado) árabe, “Soy el Rabino Rosen de Jerusalén, Israel”, y respondió “Ahalan w’asalan” (o sea, bienvenido), pero me di cuenta que quienes lo rodeaban casi fueron víctimas de ataques cardíacos allí mismo.

Si bien el mensaje del rey no fue en sí mismo impactante, el hecho de haber dado luz verde al encuentro, diálogo y colaboración con las otras comunidades de fe pareció abrir las puertas a muchos que tenían gran curiosidad pero anteriormente podrían haber sido cautos o incluso temerosos de tales encuentros. La delegación judía, que incluía alrededor de quince rabinos y estudiosos fue muy afectada por este “permiso”. Los medios árabes nos entrevistaron incesantemente, y muchas figuras árabes, particularmente, se nos acercaron y dijeron que nunca habían conocido a un judío, menos aún a un rabino, y que les gustaría hacernos algunas preguntas. Muchas de ellas reflejaban un sorprendente prejuicio, distorsiones, y errores, pero el hecho mismo que pudieran exteriorizarlas ante nosotros –casi inocentemente—ofrecía la oportunidad de abordar las distorsiones y tratar de aclararlas. El hecho que yo no sólo era el representante de una organización líder judeo-norteamericana sino también de nacionalidad israelí aumentó el interés de los medios, y me deben haber entrevistado una treinta veces, principalmente los medios árabes en general, pero también los medios sauditas en particular (y los occidentales), en TV, radio y la prensa.

Naturalmente, como suele ocurrir en las conferencias, las conversaciones fuera de las reuniones formales, y especialmente durante las comidas, ofrecían muchas más oportunidades para un intercambio significativo. Podría señalar, entre paréntesis, que los organizadores musulmanes habían pedido especialmente comida kosher para los participantes judíos. El hecho que fuera casi incomible y que comimos sólo ensaladas y frutas frescas no hace mella en la consideración y el respeto que exhibieron nuestros anfitriones.

En una de las comidas estuve sentado al lado de un prominente personaje saudita quien nos informó que la reunión era el resultado de un proceso en el que el Rey Abdullah se había embarcado desde su acceso al trono. Dijo que el deseo del rey era no sólo que Arabia Saudita desempeñara un rol más comprometido con el mundo en general y con las religiones del mundo en particular, sino que también se abriera al mundo.

Nuestros interlocutores sauditas también realizaron ingentes esfuerzos por resaltar el coraje del rey, de 85 años, al tomar este rumbo, de lo que eran pruebas claras las fuertes críticas en su propio país por haber tomado tal actitud. 

SI bien uno se podría sorprender ante la declamación de motivos exclusivamente nobles que impulsaron la iniciativa, un ilustrado interés personal resulta un motivo tan bueno como cualquier otro.

En el formato altamente sofisticado de las sesiones, hubo algún momento de gran pasión y acaloramiento, justo después del casi inevitable mantra expresado por un panelista en la penúltima sesión, que si bien el diálogo con los judíos es permisible (y quizás incluso deseable), el diálogo con Israel y quienes lo respaldan no lo es.

Se me dio la palabra para responder, señalando que el diálogo genuino no es aquel en el que una de las partes define el carácter de la otra, sino aquel que trata genuinamente de comprender a los otros tal cual se ven a sí mismos. El judaísmo siempre ha estado inextricablemente conectado con la Tierra de Israel, y si bien esto no se debería usar para justificar una acción o política reñida con la moral y la ética que forman los cimientos de la religión, negar o tratar de separar este vínculo significa dejar de reconocer, y por supuesto de respetar, la autodefinición judía.

SI bien hubo una mínima reacción negativa, afirmando que la discusión conciliadora se había politizado, también hubo respuestas musulmanas constructivas.

Según se dice lo más notable fue el espíritu de respeto en que se llevó a cabo el debate. Muchos observaron que había servido como una especie de liberación.

Como ya se ha dicho, los sauditas habían evitado invitar a representantes oficiales israelíes y palestinos, supuestamente para evitar una posible polémica o elemento potencialmente perturbador para las sesiones de esta incursión inicial a la escena interreligiosa. (Esta ausencia podría en sí misma apuntar paradojalmente a la intención de abordar específicamente los desafíos del conflicto en el futuro).

Sin embargo, de alguna manera, la falta de mención del conflicto palestino-israelí generó la sensación que se estaba haciendo caso omiso del tema tabú. La oportunidad de abordarlo en el contexto de un debate respetuoso ayudó realmente a aclarar las cosas.
 
Si bien el comunicado final fue la prevista declaración piadosa, refleja no obstante la expresada intención saudita de continuar el proceso en el que nos hemos embarcado. Se trata de algo que no se debe subestimar. La mayor autoridad del centro mismo del Islam ha tomado la delantera en la integración interreligiosa (cualesquiera sean sus razones) con la intención declarada de abordar los problemas contemporáneos y resolver el conflicto. Esto nos ofrece una oportunidad significativa, y el AJC está posicionado de manera singular para favorecer este proceso.

* El Rabino David Rosen es Director Internacional de Asuntos Interreligiosos del AJC.