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Nueva York, Buenos Aires, Estambul, Madrid, Jerusalén, Londres...
Los recientes ataques en Bombay, India, que dejaron un saldo de casi 200 muertos y centenares de heridos, se suman a una lista cada vez más larga de ciudades que son escenario de atentados ejecutados por el terrorismo islámico en su lucha por sembrar el miedo y la muerte. Lucha a la cual nos vamos acostumbrando a horrorizarnos cada vez más seguido.
Para el terrorismo islámico el objetivo es una mujer, un niño, un anciano. Un francés, una española, un boliviano. Una católica, una judía, un musulmán, un hindú. Es aquel que no encaja en el modelo de un mundo regido y controlado por el radicalismo islámico. Un radicalismo compuesto por asesinos fanáticos que desprecian los derechos humanos, desprecian las libertades individuales y las democracias. Un radicalismo que considera que cualquier vehículo es válido para instalar su visión islamista de la realidad. Una visión, en la que no existe la divergencia, no existe la diversidad y, obviamente, no existe la tolerancia hacia el que es diferente.
El terrorismo islámico es un fenómeno global. Informaciones de inteligencia hablan de cientos si no de miles de células terroristas activas desparramadas en todo el mundo. Interconectadas por redes de reclutamiento, entrenamiento y financiamiento que no respetan fronteras y se extienden por todos los continentes.
Frente a este fenómeno la forma de enfrentarlo debe ser global también. Para esto debe generarse un mayor compromiso de los actores mundiales para luchar contra este flagelo. Los organismos internacionales, que muchas veces debaten sobre cuál es su función, deberían priorizar el trabajo en este tema y actuar decididamente contra estados miembros que sean parte en la financiación o el apoyo a estos grupos terroristas.
Esta es una lucha entre las sociedades que crían a sus hijos para enviarlos a educarse a la escuela y las que los crían para enviarlos a inmolarse. Las que valoran la vida y le rinden tributo, y las que hacen de la muerte y la destrucción un festín.
Los países también deben establecer individualmente todos los elementos para garantizar la seguridad física de sus habitantes. La promulgación de leyes antiterroristas que pongan al descubierto a grupos terroristas locales, les impidan cualquier tipo de actividad en el país y les prohíban recaudar fondos y adherentes para su misión son pasos correctos en esta dirección. Lamentablemente, sin ir más lejos, en América Latina un solo país ha promulgado recientemente legislación en este sentido. El ejemplo de la República Dominicana debe ser emulado por el resto de las naciones de la región para garantizar que este tipo de actos no se repitan.
Estoy convencido de que los líderes de la región no quieren que la lista infame crezca y, menos aún, que más ciudades latinoamericanas se agreguen a ella. Pero me temo que si esa voluntad no viene acompañada de acciones concretas para evitarlo, entonces nos quedaremos solamente en el plano de los deseos. Deseos que a veces se cumplen, y otras no.
Vicedtor. oficina del American Jewish
Committee (AJC) en Miami y Broward. |